Paulina Salinas Meruane, académica de la Escuela de Periodismo UCN: “Los cambios culturales en materia de género son procesos de largo aliento”

En un contexto donde las discusiones sobre género, liderazgo femenino y participación de las mujeres en espacios de poder han vuelto a posicionarse en la agenda pública —a partir de debates sobre la evaluación ciudadana de autoridades y las condiciones que enfrentan las mujeres en distintos espacios laborales y de representación—, surge la necesidad de analizar estos fenómenos desde una perspectiva más amplia y de largo plazo.

Más allá de las coyunturas políticas, estas discusiones permiten reflexionar sobre las dinámicas de poder que atraviesan estos escenarios y las resistencias culturales que aún persisten en torno a los liderazgos femeninos.

En ese escenario, Paulina Salinas Meruane es doctora en Ciencias Sociales por la Freie Universität Berlin, Alemania, académica titular de la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica del Norte e integrante de la Comisión de Carrera Académica de la misma casa de estudios. Forma parte del núcleo de investigación Trabajo, Género y Minería en el Desierto de Atacama (TraGema), donde ha desarrollado estudios sobre discurso, género, discriminación, STEM, trabajo y minería. Desde esa trayectoria, advierte que el principal desafío actual está en avanzar hacia una corresponsabilidad más profunda en el trabajo, entendiendo que la autonomía económica de las mujeres es el primer paso para un mayor empoderamiento y seguridad.

¿Cómo evalúa la evolución que ha tenido el concepto de género desde que usted comenzó a investigarlo hasta hoy?

Ha sido un proceso súper interesante de transformación, desde que partieron los estudios de la mujer en 1990 hasta que luego evolucionar a lo que hoy día conocemos como los estudios de género. Ha sido un cambio sostenido en el tiempo, de mayor conciencia y de una transformación del constructo de género, respecto a cómo se leen hoy las identidades de hombres y mujeres en la sociedad, principalmente en la sociedad occidental y en Chile en particular. 

A partir de la contingencia actual, ¿Cuál cree que debería ser el foco principal de la discusión sobre mujeres y trabajo?

Pensando que los últimos estudios en Latinoamérica muestran que para las mujeres el trabajo está siendo su preocupación central, desplazando preocupaciones vitales de décadas anteriores como lo era formar una familia, yo creo que hay que avanzar en transformaciones más profundas y hablar de la corresponsabilidad, pero en un sentido integral. 

La corresponsabilidad se entiende todavía de forma muy superficial. Se habla de corresponsabilidad y automáticamente se piensa, por ejemplo, en los casos de la crianza de niños más pequeños, pero la corresponsabilidad es una tarea de largo alcance y que ocupa toda la trayectoria vital de hombres y mujeres: los vínculos familiares y de pareja, por ejemplo, y eso yo creo que sería una cuestión interesante de profundizar.

¿Considera que eso puede abordarse desde las políticas públicas? 

Yo creo que hoy las políticas públicas siempre llegan tarde. Son posteriores a las prácticas que llevan a cabo las personas, a las prácticas culturales y lo que pasa en la familia. Esto pasa por una cuestión obvia de cómo funciona el Estado y su gestión. 

Lo que hay que hacer es incentivar todo lo que tiene que ver con la educación informal: las redes sociales y los medios de comunicación. Yo creo que ahí hay una tarea importante de intervenir. Aún así, hoy hay muchos contenidos que son de baja calidad y que podrían revertirse, y poder dar voz a personas con mayor formación, porque yo creo que hay aprendizajes distorsionados de lo que se espera como bienestar para hombres y mujeres.

Las redes sociales tienen un tremendo potencial, pero también dan espacio para cualquier cosa, y eso yo creo que es un riesgo para una población que todavía tiene un pensamiento crítico poco desarrollado, porque la gente absorbe muchos contenidos que son distorsionados, lamentablemente.

Considerando que las investigaciones reflejan que hoy el trabajo aparece como la principal preocupación de las mujeres, ¿cómo describiría su situación actual en el mercado laboral chileno?

Yo creo que al mercado laboral chileno todavía le faltan cuestiones fundamentales. Por ejemplo, el sistema escolar no conversa virtuosamente con el sistema laboral. Hoy las jornadas escolares -y pienso desde el kínder a cuarto medio- siguen siendo una preocupación para los padres. Incluso un hijo adolescente sigue siendo una preocupación. Entonces, yo creo que el sistema escolar tiene jornadas todavía muy reducidas que no permiten que mujeres y hombres trabajen tranquilos, pensando que sus hijos están protegidos. Entonces, ¿qué hace una mujer o un hombre con una jornada laboral completa? Yo creo que ahí hay una tarea que hay que hacer y que es lamentable que demore tanto. Esas cuestiones muestran que falta voluntad para ver en profundidad las implicancias que eso tiene.

Se ha hablado mucho de la sala cuna, que también es relevante, pero no es lo único. Se necesita un sistema educacional más integral, más cuidador en ese sentido. Hoy la familia necesita trabajar: mujer y hombre. Es muy positivo que los hijos tengan madre trabajadora porque aumenta el capital cultural de esos niños, hay más diversidad en la casa y una mejor corresponsabilidad en la distribución de las tareas, porque el primer paso para un mayor empoderamiento y seguridad es la autonomía económica de las mujeres.

Sus investigaciones analizan las relaciones de poder, ¿cómo se manifiestan hoy en los espacios laborales?

Yo creo que lamentablemente los discursos a veces van distorsionando la construcción de los fenómenos. El tema del poder es muy interesante porque no es solamente el poder explícito, que es por lo que las mujeres hemos luchado: compartir los espacios de poder, asumir cargos de decisión y liderazgo. También existe toda una dimensión del poder sutil, del poder que no se ve, pero que existe y que no se discute. Entonces, yo creo que ahí hay todo un desafío para que las mujeres sientan más seguridad, un concepto de sí mismas más potente, de tal manera que puedan tener acceso real al poder y mayor poder sobre sí mismas.

También para que puedan insertarse con mayor seguridad en los espacios laborales, sin temor a lo que significan a veces los espacios de predominio masculino. Todavía hay áreas laborales donde la presencia de las mujeres es menor y ellas tienen que lidiar con esos espacios. Ahí uno ve que el poder sigue siendo muy asimétrico.

Desde una mirada situada, y a partir de sus investigaciones, ¿qué resistencias culturales ha identificado frente a estos cambios, por ejemplo, en sectores como la minería?

Lo que más he visto, incluso en entrevistas que he hecho ahora con mujeres con las que estoy trabajando el liderazgo femenino en el sistema de educación superior, es el tema de la propia autodiscriminación que se genera. Esto que llamamos el síndrome del impostor: las dudas respecto de si realmente podemos o somos capaces para algo. Esto responde a la socialización, las interacciones con la familia, los amigos y los medios de comunicación, donde no siempre las mujeres se sienten tan a gusto o tan convencidas de que son capaces.

Entonces uno ve mujeres que tienen cargos, pero que mantienen un dejo de autodiscriminación y de autoexigencia que es muy exagerado, y eso tiene repercusiones negativas. Por eso hemos visto mujeres que asumen cargos y pronto los dejan, y ahí hay que preguntarse por qué a veces no funcionan las mujeres en espacios de poder.

Cuando inició sus investigaciones sobre minería, la participación femenina era muy baja. Hoy ha aumentado e incluso se habla de cuotas de género. ¿Cree que estas políticas realmente representan una transformación cultural?

Lo que hemos avanzado es una incorporación numérica, que todavía no es la ideal, pero que sí ha avanzado. Si lo veo en perspectiva de tiempo, es un cambio significativo. Esto parte en el año 1996, cuando las mujeres pueden incorporarse a la minería y los porcentajes eran casi efímeros: 4%, 8%. Hoy día hay empresas que bordean el 25% o incluso más. Ahora, de ahí a que eso signifique una transformación cultural en todo el sentido de la palabra, todavía nos falta. 

Esas transformaciones tienen que ver no solo con cambios en las organizaciones, sino también con cambios en los sujetos. No solo tienen que cambiar los hombres, también tienen que cambiar las mujeres, y ese proceso se va a ir dando paulatinamente en la medida que haya más mujeres en los espacios, pero los cambios culturales son de largo aliento. No son cambios que se puedan hacer de un año para otro, y el número de mujeres por sí solo no asegura una transformación cultural.

A raíz del doctorado que realizó en Alemania, ¿considera que hay aprendizajes en materia de género que podrían aplicarse al contexto chileno?

En Alemania fue interesante ver que culturalmente estamos un poco más atrás. Lo que yo veo hoy día en Chile, en Alemania lo vieron hace 30 años: temas como la diversidad sexual, los discursos sobre aborto o los derechos de las mujeres, pero yo no creo que haya que tomar a Alemania como ejemplo, porque cada país tiene su propia manera de abordar su desarrollo.

Lo que hay que hacer es mirar Chile, su cultura, y reconocer las particularidades que tenemos como sociedad, los valores que tenemos y construir nuestro bienestar desde esa perspectiva. No creo que los países desarrollados deban ser necesariamente modelos a seguir, son otras culturas. En cambio, sí pongo en valor la idiosincrasia que tenemos, incluso en Latinoamérica. Tenemos mayor presencia indígena, otros territorios, otras realidades. Todo eso nos configura como sociedad, por eso creo que hay que poner en el centro el desarrollo de la persona, en todo su sentido, y construir también un entorno más amable, yo creo que esa es la manera de entender el desarrollo.

Hablando de su doctorado en Alemania, cuando decidió que quería ser académica, ¿qué tan habitual era que una mujer considerara insertarse en el mundo académico?

Como ha pasado en todas las áreas de desarrollo, la incorporación de las mujeres siempre ha sido, con relación con los hombres, en un plano más secundario. Sin embargo, yo creo que ha ido creciendo. En el ámbito académico específico ha sido un sector complejo para la incorporación de las mujeres, sobre todo para acceder a las jerarquías más altas. Hoy día, en el sistema de educación superior, la presencia de mujeres es cada vez mayor, pero cuando pensamos en la carrera académica, ahí las cifras son más exiguas para las mujeres. Todavía las mujeres están en las jerarquías más bajas, como asistentes. Ahí ya tenemos como un 50% entre hombres y mujeres, pero en la medida que la pirámide de poder crece, la presencia de las mujeres es menor, eso todavía está costando en términos de los liderazgos que asumen.

Pensando en el escenario laboral actual, ¿qué mensaje le daría a las mujeres?

Yo creo que hoy es muy importante que las mujeres amplíen su autoconocimiento, que conozcan muy bien lo que realmente quieren hacer, cómo se proyectan. Que tomen el piloto de sus carreras profesionales, de tal manera que persigan su propósito y logren lo que quieren, pero que eso no vaya en contra de otros objetivos que también puedan tener, como el desarrollo emocional, el desarrollo de la pareja o la decisión de tener o no familia. Yo creo que se puede caminar y mascar chicle a la vez: ese es el mensaje. Las decisiones dicotómicas muchas veces perjudican a las mujeres.

Hay mayor satisfacción cuando existe un desarrollo más integral de las personas. He encontrado en entrevistas a mujeres muy brillantes, con carreras excepcionales, que bordean los 40 años y que al mirar hacia atrás sienten que sus trayectorias han sido desequilibradas, que privilegiaron solo lo laboral y que les falta la otra dimensión, y yo creo que eso no es justo para las mujeres, lo justo es que tengan la oportunidad de desarrollarse en términos integrales.

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