Columna de Opinión publicada en Resonancia Diario
A un año más de la Conmemoración del Día Internacional de la Mujer, me gustaría recalcar algunas preocupaciones sobre el género en el acontecer internacional. Parto de la base de que la presencia femenina en la política exterior está más en concordancia con el desarrollo de la diplomacia que en la resolución de los conflictos a partir de conflictos (“Ginecocracia Política”, El Mercurio de Antofagasta, 05/03/2026), aunque de acuerdo a las estadísticas la mujer sólo representa un 13% en las negociaciones de paz entre 1992 y 2019.
Es en este sentido, probablemente en otros también, comienza a instalarse primero conceptualmente y posteriormente de manera logística y práctica la idea de la política exterior feminista (PEF). Es Suecia (2014), quien la instala (y la desinstala en el actual Ejecutivo) como política de gobierno, y ahí se va expandiendo internacionalmente (Canadá, 2017; Francia, 2018; Luxemburgo, 2019; México, 2020; España, 2021 y Libia, 2021) hasta llegar al gobierno de Gabriel Boric. El presidente Boric primero declara que su gobierno es feminista y, con posterioridad, nos convertimos en el primer país sudamericano que tiene una política exterior feminista. Si bien no hay tanta claridad en cuanto a qué involucraría el hecho de tener una PEF, su orientación estaría hacia la renegociación de las jerarquías de poder y de género en la institucionalidad y en las políticas públicas (Karin Aggestam y Annika Bergmann- Rosemond, 2016).
La agenda de género es clara en gobiernos que declaran una Política Exterior Feminista, pero nunca ha logrado tener la bajada en aspectos más concretos, más allá de temáticas que tienen que ver con maternidad y cuidados, pero lejos del análisis del ejercicio del poder en mujeres. Sin duda, esta ‘condición’ de agenda progresista plantea contradicciones fundamentales: la anhelada equidad de género, presente en el objetivo sostenible N° 5 planteado por la ONU en su agenda 2030, se vuelve puro discurso cuando en realidad se ha avanzado lentamente en temas de pensiones, la creación de un Sistema Nacional de Cuidados y la añorada reforma de la sociedad conyugal.
A partir del actual conflicto de Irán y la cofradía internacional Estados Unidos – Israel, se pone en la agenda el uso excesivo del discurso feminista como ‘coartada geopolítica’, es decir, “la situación de las mujeres bajo el régimen de los ayatolás como justificación del ataque y de la vulneración del derecho internacional” (The Conversation, 05/03/2026). Esta temática ha sido recurrente en conflictos que tienen que ver con países del Medio Oriente, cuyos derechos de las mujeres son bastante restringidos. En Irán, por ejemplo, ha habido una merma desde 1979 y la presión se ha intensificado con campañas como el Plan Noor y con la pena de muerte para el movimiento “Mujer, Vida, Libertad (activo desde 2022). Si bien el antiguo Persia ha reprimido al género históricamente, los/as analistas nos preguntamos si los ataques recientes tienen que ver con un real interés en el género. Esto debido a que Benjamin Netanyahu aseguró que “la operación buscaba abrir camino a la libertad del pueblo iraní” (The Conversation, 05/03/2026); a su vez, Donald Trump señaló lo mismo, que el fin último de las hostilidades era la liberación del pueblo iraní.
Las contradicciones sobre una real importancia y/o preocupación por el género están localizadas tanto en las guerras como en la diplomacia. En el actual conflicto, los bombardeos han alcanzado infraestructura civil, incluyendo escuelas de niñas en Hormozgan, pues mientras el discurso oficial apela a la victimización femenina para legitimar la incursión armada, la praxis bélica produce el efecto contrario: agudiza la precariedad de las mujeres y consolida un aparato represivo amparado en la retórica de la seguridad nacional. Estas dicotomías políticas también estuvieron presentes en Afganistán. Desde el regreso del régimen talibán en 2021, la vida de las mujeres en Afganistán se ha convertido en una sombra de lo que fue. A través de más de cien edictos, se les ha arrebatado el derecho a aprender, la dignidad de trabajar en ONGs, y el simple derecho a existir en espacios públicos. Hoy, la opresión es tan absoluta que incluso su voz ha sido condenada al silencio, borrando su presencia de las calles y de la sociedad misma.
Si bien son aplaudibles los avances que hemos tenido las mujeres en las políticas exteriores occidentales, son justamente los discursos solapados los que martirizan a las mujeres de los países en conflictos con el hemisferio occidental. Desde la diplomacia, la PEF tampoco incursiona en las preocupaciones domésticas de las mujeres de soldados que van a la guerra (esposas, parejas, hijas, madres, abuelas), y sólo sirve de agenda más bien progresista, que plantea contradicciones fundamentales como el hecho de que los espacios públicos y privados se vuelven cada vez más ofensivos, competitivos y peligrosos para las mujeres en la geopolítica internacional.


